¿Qué es el Mito?

Por Alfonso Hernández Castillo

Tal vez nos seduzca el escuchar la palabra Mito, lo cual puede deberse a que nos recuerda epopeyas legendarias, donde los protagonistas realizan portentosas hazañas en un mundo fantástico poblado de dioses y seres sobrenaturales; sin embargo otras veces puede resultar un tanto melancólica su mención al referirnos a tragedias humanas donde hay un mensaje oculto que posee sabiduría. Pero además el vocablo mito puede contener una carga peyorativa cuando se quiere significar que una creencia, una crónica o un juicio resultan del todo falaces.

Por su parte, los personajes mitológicos y sus hazañas no dejan de ser un tema recurrente en las diversas artes como fuente de inspiración. A los mitos también los utilizan los etnólogos para explicar las costumbres de diversos pueblos, así como los estudiosos de los símbolos para descifrar posibles significados ocultos, e incluso las teorías psicoanalíticas los han adoptado para fundamentar la constitución de los arquetipos que configuran el imaginario colectivo.

Tan solo a manera introductoria se han dado unos ejemplos de lo que el término Mito puede habitualmente representar, basten por el momento para reconocer su carácter polisémico. Para explorar con cierto orden las posibles acepciones de ese vocablo, resultaría provechoso apreciar su devenir histórico, lo cual de manera paradójica tal vez conlleve a aceptar la inutilidad de tratar de acotar una definición acabada, ya que como establece Gadamer en su obra Mito y Razón:

Allí donde la mitología —en el significado tardío de la palabra— se convierte en un tema expreso, en la Teogonia de Hesíodo, el poeta es elegido por las musas para realizar su obra, y éstas son plenamente conscientes de la ambigüedad de sus dones: «Sabemos contar muchas falsedades que se parecen a lo verdadero…, pero también lo verdadero» (Theog., 26).[1]

Más inquietante resulta que entre los pensadores dedicados a su estudio no hay coincidencias en cuanto a las características, empleo y alcances del Mito. El tema se ha abordado por diversas disciplinas del saber como la filosofía, la historia, la lingüística, la antropología, el arte, entre otras, donde además su tratamiento no es homogéneo, al interior de cada una de ellas también se manifiestan una serie de corrientes teóricas, como la simbolista, la ritualista, la hermenéutica, por mencionar algunas. Al respecto, cuando no se contradicen de manera flagrante las posiciones entre los diversos autores, puede hacerse un esfuerzo por lograr cierta articulación entre sus postulados; sin embargo en el mejor de los casos sus teorías caminan por sendas separadas.

Dada la complejidad del asunto, por el momento tan solo deshilemos un poco de hebra, de manera que por aproximaciones sucesivas nos vayamos acercando a las posibles connotaciones del término. Iniciemos de manera un tanto aventurada con el siguiente enunciado:

  • Desde los tiempos primigenios el hombre por medio del mito buscó una explicación acerca de cómo está configurado el cosmos, cuál es su cometido en el mundo, hacia dónde debe dirigir sus pasos. A partir del mito la humanidad dotó de un sentido a su existencia, creó su propio universo al transitar del caos al orden. El Mito por ende es intrínseco a la condición humana; a través de él se engendraron las divinidades, se constituyó al ser, se forjaron realidades.

De acuerdo a los especialistas en el tema, el mito ha estado presente en todas las geografías y épocas en que se han manifestado las sociedades humanas, no es patrimonio de ninguna civilización en particular, si bien se presentan diversas manifestaciones de acuerdo a los contextos culturales, políticos y económicos particulares.

Cabe también tener presente que nos resulta imposible vivir el mito, creer y sufrir en él como lo hacían nuestros antepasados, simplemente porque respondemos a otra configuración epistémica, somos sujetos de otras latitudes temporales, espaciales y cognitivas, tan solo conjeturamos, interpretamos su cosmovisión y le atribuimos un simbolismo.

Se necesita mucho egocentrismo y mucha ingenuidad para creer que el hombre está, por entero, refugiado en uno solo de los modos históricos o geográficos de su ser, siendo que la verdad del hombre reside en el sistema de sus diferencias y de sus propiedades comunes.[2]

Con la salvedad anterior, veamos cómo define Mircea Eliade el término mito en su libro intitulado Mito y Realidad:

Personalmente, la definición que me parece menos imperfecta, por ser la más amplia, es la siguiente: el mito cuenta una historia sagrada; relata un acontecimiento que ha tenido lugar en el tiempo primordial, el tiempo fabuloso de los «comienzos».

Es, pues, siempre el relato de una «creación»: se narra cómo algo ha sido producido, ha comenzado a ser.

En suma, los mitos describen las diversas, y a veces dramáticas, irrupciones de lo sagrado (o de lo «sobrenatural») en el Mundo. Es esta irrupción de lo sagrado la que fundamenta realmente el Mundo y la que le hace tal como es hoy día. Más aún: el hombre es lo que es hoy, un ser mortal, sexuado y cultural, a consecuencia de las intervenciones de los seres sobrenaturales.[3]

Al respecto, señala Gadamer en su obra ya referida.

La palabra mythos es una palabra griega. En el antiguo uso lingüístico homérico no quiere decir otra cosa que «discurso», «proclamación», «notificación», «dar a conocer una noticia». En el uso lingüístico nada indica que ese discurso llamado mythos fuese acaso particularmente poco fiable o que fuese mentira o pura invención, pero mucho menos que tuviese algo que ver con lo divino.[4]

En cualquier caso, el mito es lo conocido, la noticia que se esparce sin que sea necesario ni determinar su origen ni confirmarla.[5]

Pero de modo que lo dicho en esa leyenda no admite ninguna otra posibilidad de ser experimentado que justo la del recibir lo dicho. La palabra griega, que los latinos tradujeron por «fábula», entra entonces en una oposición conceptual con el logos que piensa la esencia de las cosas y de ese pensar obtiene un saber de las cosas constatable en todo momento.[6]

Por su parte, G.S Kirk, establece:

La etimología es un punto de partida habitual, pero en este caso no resulta de ninguna utilidad. Para los griegos mythos significaba simplemente «relato», o «lo que se ha dicho», en una amplia gama de sentidos: una expresión, una historia, el argumento de una obra. La palabra «mitología» puede resultar confusa en nuestra lengua, pues puede denotar tanto el estudio de los mitos como su contenido o una serie determinada de mitos. Para Platón, el primer autor conocido que emplea el término, mythologia no significaba más que contar historias. […] En el caso de los mitos griegos, casualmente, poseemos algo parecido a un sistema. Y en ello consiste parte del embrollo, pues tal sistema fue establecido en un período relativamente tardío (comparado con la probable antigüedad de la tradición mítica en su conjunto) por autores como Homero, Hesíodo, los trágicos, los poetas catalogadores helenísticos y los esquematizadores y compiladores del mundo grecorromano. [7]

Resulta oportuno atender el siguiente señalamiento:

No existe una sola definición de mito, una forma platónica de mito, a la cual deba amoldarse cualquiera de los casos que se puedan presentar. Los mitos, como veremos, difieren enormemente en su morfología y en su función social y se observan indicios de que una verdad tan obvia está empezando a ser ampliamente aceptada.[8]

Como vemos, la polémica se va tornando interesante, uno de los ejes que podemos en este momento tensar es la diferencia entre el mito y el logos que menciona Gadamer, ya que alcanza consecuencias de la mayor envergadura en la conformación de la cultura occidental en la cual estamos imbuidos.

En una tentativa de acotar los ámbitos en que se desenvuelven el mito y el logos, añade Gadamer:

En el pensamiento griego encontramos, pues, la relación entre mito y logos no sólo en los extremos de la oposición ilustrada, sino precisamente también en el reconocimiento de un emparejamiento y de una correspondencia, la que existe entre el pensamiento que tiene que rendir cuentas y la leyenda transmitida sin discusión. En especial, esto se muestra en el giro peculiar con que Platón supo unir la herencia racional de su maestro Sócrates con la tradición mítica de la religión popular. Rechazando la pretensión de verdad de los poetas, admitió sin embargo simultáneamente, bajo el techo de su inteligencia racional y conceptual, la forma narrativa del acontecer que es propia del mito. La argumentación racional se extendió, por decirlo así, pasando por encima de los límites de sus propias posibilidades demostrativas, hasta el ámbito a que sólo son capaces de llegar las narraciones. Así, en los diálogos platónicos el mito se coloca junto al logos y muchas veces es su culminación. Los mitos de Platón son narraciones que, a pesar de no aspirar a la verdad completa, representan una especie de regateo con la verdad y amplían los pensamientos que buscan la verdad hasta la allendidad.[9]

Entonces según Gadamer, en la antigüedad no se manifiesta una oposición entre el mito y el logos, ambos se complementan y coadyuvan en la prosecución de la verdad; se supera así un contraste simplista entre ambos términos que más bien llegan a configurar una dialéctica. Por tanto su contradicción habría que identificarla en su acaecer histórico.

A grandes rasgos y de acuerdo a Gadamer, podemos señalar que después del gran momento de los mitos primigenios como un intento de comprender las fuerzas de la naturaleza, en la antigüedad clásica los mitos se sitúan en conjunción con el logos. Con posterioridad, en el medievo, con la hegemonía de la religión cristiana quedan suprimidos los dioses paganos que acompañaron al hombre en su quehacer mundano; ahora el dios es único y se encuentra más allá de lo terrenal. El carácter religioso (en su acepción de religar) que podían haber mantenido los mitos antiguos, manifiesto por ejemplo en los ritos con que se celebraban diversos ciclos de la naturaleza ligados a la agricultura, deberán suprimirse e imperar tan sólo la liturgia de la religión dominante que responde a un reino fuera de este mundo, tal como está sancionado en unas sagradas escrituras que contienen la revelación divina y no dan lugar por tanto a ninguna duda o posible confusión, donde incluso las falsas interpretaciones o la mínima resistencia en su aceptación estarán condenadas al calabozo y a la hoguera, tanto terrena como eterna. Pero también en su lucha por alcanzar la primacía en el mundo material, la religión cristiana utilizará al logos; desde entonces la razón tendrá ya un uso instrumental, constituirá un medio para alcanzar fines no precisamente racionales, sino de índole más oscura.

Pues el cristianismo ha sido quien primeramente ha hecho, en la proclamación del Nuevo Testamento, una crítica radical del mito.[…] Y ello porque todos son dioses mundanos, figuras del mundo mismo sentido como potencia superior.[10]

La religión griega no es la religión de la doctrina correcta. No tiene ningún libro sagrado cuya adecuada interpretación fuese el saber de los sacerdotes, y justo por esto lo que hace la Ilustración griega, a saber, la crítica del mito, no es ninguna oposición real a la tradición religiosa.[11]

En los primeros siglos después de Cristo, la religión de los humildes va ganando adeptos en el en una sociedad desigual basada en la esclavitud, hasta que es aceptada como religión oficial por el emperador romano Constantino como un medio para recuperar un reconocimiento social que le permitiera afianzarse en el poder (esto ocurre en el Concilio de Nicea en el año 325 de nuestra era).

Así los mitos son expulsados del edén, utilizando el arcángel divino la espada flamígera con toda la violencia que fuera necesaria y hasta no necesaria; desde entonces prevalece la aparente oposición entre mito y logos, los cuales ya no son complementarios y coadyuvantes en la búsqueda de la verdad como en la ilustración antigua, ahora el mito cristiano no es un mito, es una verdad irrefutable y sagrada, sustituye a su vez al ejercicio reflexivo de la razón, combate hasta su destrucción al mito antiguo, el cual guardaba certezas como reflejo del mundo natural e imprimía orden al ámbito social, gozaba de sabiduría.

Por su parte y en lo relativo al mundo griego antiguo, Mircea Eliade señala lo siguiente:

Y, sin embargo, se trataba de una vida religiosa y de una mitología suficientemente poderosas para resistir a diez siglos de cristianismo y a innumerables ofensivas de las autoridades eclesiásticas. Esta religión tenía una estructura cósmica, y veremos que acabó por ser tolerada y asimilada por la Iglesia.[12]

Hay que añadir inmediatamente que, por el hecho mismo de ser una religión, el cristianismo ha debido conservar al menos un comportamiento mítico: el tiempo litúrgico, es decir, la recuperación periódica del illud tempus de los «comienzos».[13]

Así, la religión cristiana en su lucha contra el mito y los dioses paganos que representan al mundo como potencia superior, fortaleció a una segunda oleada de la Ilustración por venir, aunque ésta después terminara arremetiendo contra el mismo cristianismo.

Siendo así, desde el punto de vista del cristianismo, a través de la explicación racional del mundo se cierne sobre la ciencia la amenaza de una sublevación contra Dios, en cuanto que el hombre tiene la arrogancia de ser, por sus propias fuerzas y gracias a la ciencia, dueño de la verdad. Pero el cristianismo ha preparado el terreno a la moderna Ilustración y ha hecho posible su inaudita radicalidad, que ni siquiera hubo de detenerse ante el propio cristianismo por haber realizado la radical destrucción de lo mítico, es decir, de la visión del mundo dominada por los dioses mundanos.[14]

En la Epoca Moderna vendrá el momento en que la razón lucha por independizarse de la religión oficial, debe para ello arremeter contra su protectora dada la utilización de que estaba siendo objeto, alcanzando un punto culminante de su autonomía con la segunda ilustración, expresada por los enciclopedistas; si bien fue tan sólo un momento, pronto la razón regresará a su papel de servidumbre del poder político, antes detentado por la Iglesia Romana, después por el Estado secular. Sin embargo los mitos ya nunca rescatarán sus posibilidades cognitivas, serán puestos por la razón instrumental en el mismo saco que las religiones o incluso menos, pasarán a ser fábulas para niños, o incluso más, constituirán medios alienantes de dominación.

Por contra, la crítica del mito hecha a través del cristianismo en el pensamiento moderno llevó a considerar la imagen mítica del mundo como concepto contrario a la imagen científica del mundo[15].

La relación Mito Logos, tan fructífera en una época primera de la civilización, están después sus términos sujetos al poder político; no fue el logos quien se opuso al mito, fue el mito contra el mito, del cristiano contra el pagano, quien los enfrentó fue el clero para hacerse del poder político, utilizando la razón y la violencia; más cuando la Iglesia Romana es relegada por el poder secular del Estado Nación, el mito junto con la razón siguen siendo usados en las diversas formas de dominación, aunque se siga aparentando que la pugna es la misma, entre mito y logos o entre el mito pagano y el cristiano. Posteriormente el mito también será secular.

El mito y la razón tienen, como muestra este esbozo, una historia común que discurre según las mismas leyes. No es que la razón haya desencantado al mito y que a continuación haya ocupado su lugar. La razón que relega al mito al ámbito no vinculante de la imaginación lúdica se ve expulsada demasiado pronto de su posición de mando. La Ilustración radical del siglo XVIII resulta ser un episodio. Así pues, en tanto que el movimiento de la Ilustración se expresa a sí mismo en el esquema «del mito al logos», también este esquema está menesteroso de una revisión. El paso del mito al logos, el desencantamiento de la realidad, sería la dirección única de la historia sólo si la razón desencantada fuese dueña de sí misma y se realizara en una absoluta posesión de sí. Pero lo que vemos es la dependencia efectiva de la razón del poder económico, social, estatal. La idea de una razón absoluta es una ilusión. La razón sólo es en cuanto que es real e histórica. A nuestro pensamiento le cuesta reconocer esto.[16]

En perspectiva los tiempos en que imperaron los Mitos primigenios, si bien pueden parecer como llenos de poesía e imaginación, los cuales describían la época de oro donde convivían los dioses y los humanos y que ofrecen recuperar las diversas teleologías; no obstante y de acuerdo a Eliade:

El mito no es, en sí mismo, una garantía de «bondad» ni de moral. Su función es revelar modelos, proporcionar así una significación al Mundo y a la existencia humana. Por ello, su papel en la constitución del hombre es inmenso. Gracias al mito, como dijimos, las ideas de realidad, de valor, de transcendencia, se abren paso lentamente. Gracias al mito, el Mundo se deja aprehender en cuanto Cosmos perfectamente articulado, inteligible y significativo. Al contar cómo fueron hechas las cosas, los mitos revelan por quién y por qué lo fueron y en qué circunstancias. Todas estas «revelaciones» comprometen más o menos directamente al hombre, puesto que constituyen una «historia sagrada».[17]

De acuerdo a lo expuesto, tal vez no logremos integrar por el momento alguna definición satisfactoria sobre el mito, el aporte ha alcanzado tan solo para evaluar la pertinencia de sacar a la luz la potencia de una conformación humana, el mito, de innegable capacidad poiética, que a su vez permita discernir si tiene alguna relevancia repetir en nuestro tiempo las preguntas acerca del sentido de la existencia.

Falta aún que abordemos los mitos modernos, cabe señalar por el momento que éstos han consistido en configuraciones para enaltecer nacionalismos y el culto a la personalidad, para ello se ha recurrido a los mitos fundacionales y se ha utilizado otra vez a la razón instrumental.

Para el caso de los mitos fundacionales, al pretender legitimizar al poder político de las dinastías reinantes y el vasallaje concomitante, se hace evidente su carácter político de dominación. Podrá señalarse que este tipo de mitos han constituido los medios para que las élites se legitimasen y logren su aceptación, con la implícita (y sobre todo explícita) obediencia de los miembros de la comunidad.

Así, la función del mito sigue estando presente en el sistema de creencias que brindan cohesión social, para imponer el orden, para configurar ficciones tan proclives al culto a la autoridad. Cuando se destruye un mito u deja de ser útil, se constituye otro, cada vez más absurdo.

Habría por tanto que considerar que El mito no es más un fantasma gratuito que se subordina a lo perceptible y a lo racional. Es una res real, que se puede manipular tanto para lo mejor como para lo peor.[18]

Por tanto ¿no habría que desmitificar a los actuales mitos? Esto, evitando la pretensión romántica de que todo tiempo pasado fue mejor, con el fin de dilucidar el presente en que nos encontramos. Como dicen las musas en la Teogonía de Hesíodo «Sabemos contar muchas falsedades que se parecen a lo verdadero…, pero también lo verdadero» (Theog., 26) [19]. Los mitos modernos sin duda encajan en la primer parte de la proposición.

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Bibliografía

[1] Gadamer, Hans-Georg. Mito y Razón. Traducción de José Francisco Zúñiga García. Ed. Paidós, Colección Studio No. 126. 1ª. Edición. Barcelona, España. 1997. Versión en PDF. Pág. 25.

[2] Lévi-Strauss, Claude. El Pensamiento Salvaje. Ed. Fondo de Cultura Económica. 1ª. Edición. México. 1964. Versión en PDF. Pág. 360.

[3] Eliade, Mircea. Mito y Realidad. Traducción de Luis Gil. Ed. Labor. 1ª. edición. Barcelona, España. 1991. Versión en PDF. Pág. 7.

[4] Gadamer, Hans-Georg. Mito y Razón. Op. Cit. Pág. 25.

[5] Gadamer, Hans-Georg. Mito y Razón. Op. Cit. Pág. 27.

[6] Gadamer, Hans-Georg. Mito y Razón. Op. Cit. Pág. 17.

[7] Kirk, G.S. El Mito, su Significado y Funciones en la Antigüedad y Otras Culturas. Traducción de Teófilo de Loyola. Ed. Paidós, Colección Surcos No. 33. Barcelona España 2006. 24.

[8] Kirk, G.S. El Mito, su Significado y Funciones en la Antigüedad y Otras Culturas. Op. Cit. Pág. Pág. 24.

[9] Gadamer, Hans-Georg. Mito y Razón. Op. Cit. Pág. 27.

[10] Gadamer, Hans-Georg. Mito y Razón. Op. Cit. Pág. 15.

[11] Gadamer, Hans-Georg. Mito y Razón Op. Cit. Pág. 17.

[12] Eliade, Mircea. Op. Cit. Pág. 76.

[13] Eliade, Mircea. Op. Cit. Pág. 80.

[14] Gadamer, Hans-Georg. Mito y Razón. Op. Cit. Pág. 15.

[15] Gadamer, Hans-Georg. Mito y Razón. Op. Cit. Pág. 18.

[16] Gadamer, Hans-Georg. Mito y Razón. Op. Cit. Pág. 20.

[17] Eliade, Mircea. Mito y Realidad. Traducción de Luis Gil. Ed. Labor. 1ª. edición. Barcelona, España. 1991. Versión en PDF. Pág. 69.

[18] Durán, Gilbert. Mito y Sociedades. Introducción a la Mitodología. Traducción de Sylvie Nante. Ed. Biblos. Colección Daimón. 1ª. Edición. Buenos Aires, Argentina. 2003. Pág. 41.

[19] Citado por Gadamer, Hans-Georg. Mito y Razón. Op. Cit. Pág. 25.

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